Te perdono, aunque no me lo pidas

(Nota: Cuando hablo de “educadores” o “padres” me refiero estrictamente a aquellos que nos han hecho daño en el pasado. Sálvense los que han sido buenos ejemplos.)
colored-pencils-1090000_1280Muchos hablamos sobre la educación respetuosa que queremos dar a nuestros hijos, evitar el “cachete a tiempo” que tanto daño ha hecho en la educación tradicional, y generalmente lo hacemos porque no queremos cometer los errores de nuestros padres en el pasado con nosotros.
Llevo un tiempo leyendo a mucha gente que recibió “el cachete a tiempo”, y hoy es el día en el que siente cierto odio o rencor hacia esa persona que se lo dio. Me han hecho reflexionar mucho, y he de decir que gracias a ellos he logrado hacer “click” en mi mente respecto a este tema (sí, antes justificaba el cachete a tiempo en situaciones excepcionales), y mi hijo me lo agradece un montón.
Pero mi reflexión no quedó ahí. Sentí la necesidad de saber qué debemos hacer con nuestras emociones respecto a nuestros padres. Tenemos, en muchos casos, un rencor, un “pequeño demonio” dentro que sale de vez en cuando para recordarnos ese sufrimiento que, en mayor o menor medida, hemos pasado en manos de nuestros educadores.
Tenemos claro que no queremos ser un mal ejemplo para nuestros hijos, por eso optamos por la vía de educarles en el respeto, y aquí está mi dilema mental: ¿Qué estamos mostrando a nuestros hijos con ese “rencor” que tenemos hacia nuestros educadores (que no supieron/quisieron hacerlo bien en su día)? ¿qué aprenden sobre el perdón? ¿les estamos enseñando a perdonar?
Aquí se abre el melón.
Algunos dicen que para perdonar uno primero tiene que pedir perdón. Es decir, no puedes perdonar a quien no te lo haya pedido. Aquí es donde yo discrepo dentro de lo que yo entiendo como “educación en el respeto”. Pongo ejemplos:
– Mi hijo viene un día y me da una patada. ¿Tengo que esperar a que me pida perdón? Yo, a nivel personal, le perdono sin que me lo pida, porque doy por hecho de que no lo ha hecho malintencionadamente y procuro hablar con él (en la medida de mis posibilidades, que tiene dos años) sobre el origen de esa patada. Comprendo que a su edad no sabe gestionar bien sus emociones, y de mayor comprenderá que hizo mal. Puede que me pida perdón (seguramente no), pero yo ya le habré perdonado muchos años antes.
– Un niño muerde a mi hijo en la guardería. ¿Tengo que esperar a que le pida perdón? Seguramente nunca lo hará, pero yo sí quiero enseñar a mi hijo a que le perdone. Si lo hace, y le da otra oportunidad, seguramente el compañero se sienta perdonado y se de también otra oportunidad a sí mismo.
Pero estos ejemplos son de niños, no de adultos… 
Cada vez que tengo un dilema sobre la educación de mis hijos, acudo a otros papás que me suelen ayudar con ejemplos de adultos. Y la vedad, me ayudan más que nadie. ¿Por qué no puedo emplear estos ejemplos de niños, a la inversa, con mis educadores y perdonar sus errores?
No es fácil. No es instantáneo. No es indoloro. Pero a la larga, funciona.
Y, de la misma manera que nuestra experiencia nos hace tenerles rencor, también puedo decir que por experiencia sé que funciona. No voy a contar qué errores se han cometido con mi educación, pero sí he de decir que he perdonado a quien no me lo ha pedido, y me ha hecho sin embargo mucho daño. Me ha costado la mitad de mi vida hacerlo, pero ahora vivo más en paz conmigo misma que antes, y con esa persona también.
Nuestros educadores no han sabido que han hecho mal, y si lo han sabido, no lo han reconocido. Su (llamémosle soberbia) no es ejemplo para acrecentar la nuestra. Si quiero ser ejemplo, tengo que darlo, y no siempre van a ser ellos los que den el primer paso.
¿Qué me ha hecho verlo así?
Pues la clave la encontré en la Biblia (no dejes de leer, prometo que no soy Testigo de Jeohvá), donde Jesús perdona una y otra vez los pecados, sin haber pedido ese perdón. De hecho, yo fui a un colegio católico, y siempre me decían que “cuando vas a confesarte, en realidad Dios ya ha perdonado tus pecados”, lo que en mi mente rebelde se traducía en: “y si ya me los ha perdonado, ¿por qué tengo que ir a confesarme entonces?”. Con el paso del tiempo lo he comprendido. He comprendido que cuando haces daño, nunca es tarde para pedir perdón.
Y esto… ¿lo he llevado a la práctica?
Sí. He perdonado más de una vez antes de que me pidieran perdón. De hecho sólo una vez me han pedido perdón a posteriori (el resto de veces no han llegado todavía), y por experiencia puedo decir que ha sido el perdón más reconfortante de toda mi vida. Fue con mi mejor amiga. Pasamos unos meses muy complicados, y un año después, tuvimos una experiencia muy fuerte en África, y allí mismo me pidió perdón por aquellos meses complicados. Lloré en mi interior (y seguro que se me escapó una lágrima), porque no hay nada más reparador para un daño causado que ver que esa persona se da cuenta de lo que ha hecho. Sin embargo, el hecho de haberle perdonado antes en mi foro interno allanó mucho el camino para que ese momento llegara. ¿Por qué? Porque cuando perdonamos, estamos en paz con nosotros mismos, miramos con compasión a esa persona que sigue atormentada con ese mal que ha causado (sea consciente o no de dicho mal), y mostramos mayor predisposición hacia ellos.
Pasos para perdonar antes de que te lo pidan (o sin que te lo pidan nunca):
1. Dolor: Necesitamos que sea algo que nos duela. Por desgracia, es una heridita en nuestro corazón muy difícil de reparar.
2. Tiempo: Luchar contra esos “demonios” que el daño genera es cuestión de tiempo, mucho tiempo (según el tipo de daño cometido).
3. Aceptación: Gracias a ese paso del tiempo, vemos la situación con más perspectiva y nos ayuda a aceptar las limitaciones de la otra persona (y las nuestras también).
4. Probar a “querer” a esa persona: Aunque todavía no le has perdonado, haces pruebas de tratarle mejor, intentas un acercamiento, etc. Ensayo-error.
5. Perdonar: Ya decides perdonarle. Tus mareas internas se calman. Sientes esa flor de loto abriéndose en tu alma, ves la luz celestial de la paz. PAZ. MUCHA PAZ.
Ahí le has perdonado. Le respetas. Te respetas.
6. Tratarle desde esa paz interior: Le miras con esos ojos cargados de energía positiva que albergas en tus entrañas. Sientes compasión. Te da lástima y deseas que algún día te pida perdón, pero por esa persona, no por ti. Tú estás bien, pero sientes lástima con que no haya sabido gestionar sus emociones hacia ti. Observas ese odio que se tiene a sí mismo por no haber sabido tratarte (a ti o a la gente en general).
Es una de las mejores experiencias que he tenido en mi vida, y se la recomiendo a todo el mundo. No conozco a nadie que se haya arrepentido de perdonar, pero sí a mucha gente que se ha arrepentido de no hacerlo.
Creo que esto me ayuda a ordenar mi tabla de valores vitales y me muestra como buen ejemplo hacia mis hijos. ¿Cuánto bien podemos hacer perdonando, y cuánto bien dejamos de hacer sin perdonar?
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